REDH
- Solidaridad (Red Solidaria por los Derechos Humanos)
Enviado el 7 Octubre
El Che,
los desaparecidos
Carlos
Tobal
I. LA CIUDAD SIN EL CHE
Todos los días, uno se topa
con hombres altos vendiendo latitas de gaseosas entre el rumor de los autos
que esperan la luz del semáforo. Hay muchachos que se filtran en
los negocios mendigando u ofreciendo baratijas y no provoca escándalo
tanta gente suelta hurgueteando los recipientes de basura, chicos comiendo
de los restos. La novedad es que varios parecen bien vestidos; impasibles,
introducen su brazo por la boca abierta de esos tachos que cuelgan
dignamente de los postes de alumbrado. Luego, siguen su
ruta, envueltos en el aire bovino
de los seres sin atributos. Son los respetables que antes leían
el diario dentro del tren subterráneo. La gente sin hogar duerme
sobre las veredas.
A la velocidad del automóvil,
se percibe el cambio de barrio viendo a través de la ventanilla,
el deterioro de los aspectos y el desvaído gris de las
fachadas. La ciudad ha mutado desde aquella época en que éramos
chicos, y el Che la vivió y la dejó. Salió de Rosario
para cruzar América en moto. Un estudiante de Medicina, tan cualunque
que sus compañeros no hubieran apostado que iba a ser el Che.
La desesperanza y el pragmatismo
navega sobre la ciudad como una neblina, se ha implantado en las conciencias,
y resulta difícil ponerse a pensar en asuntos cuya utilidad no se
evidencie de inmediato. Si no fuera por ese tema de los RESTOS de los desaparecidos,
que aparece cada tanto y se reinstala en el calor de las noticias, como
una cuestión latente, que pide ser desentrañada.
Entonces, cuando retorna el recuerdo,
vuelve a verse la foto del Che, su voz. La gesticulación en las
películas, las historias que sobre él se siguieron relatando,
la inmensidad de la tarea que emprendió y lo exiguo de sus medios.
La idea de que podría haber triunfado, prolonga una especie de interés
dramático no resuelto que hace trabajoso ordenar un razonamiento
ecuánime: no se puede dejar de sentir que es la figura íntima
de alguien, un hermano apenas mayor que se fue siendo joven y nunca regresó,
o que fue muerto cuando ya volvía. Es reconocido como cercano por
hombres decentes de variadas ideologías. Se habla de la veneración
tardía de los lugareños, allí
donde cayó. Y su cara es
enarbolada contra la injusticia en París y en recónditas
ciudades del mundo.
De todos modos, eso no hará
mella en el rostro de los funcionarios que, en pro del Nuevo Orden
Mundial, conducen el descenso de los pueblos hacia la pobreza alargada,
en el plan de uniformar el Globo bajo el dominio del Imperio.
Las investigaciones que el profesor
Noam Chomsky realizó sobre documentación confidencial recién
desclasificada por el gobierno estadounidense, y la comprobada contratación
de jefes de los SS de la Alemania nacional socialista en la dirección
de los servicios secretos yanquis, puso en claro que las contradicciones
entre ellos eran meramente circunstanciales y que, una vez zanjadas las
diferencias, los triunfadores en la contienda podían usar las herramientas
de dominación de los vencidos.
El Sueño Americano
resulta la cara amable de la eugenesia hitleriana. Y el nacional socialismo,
una de las formas que tomó, en ese momento, el capitalismo en expansión.
Hollywood es una de las fábricas de consenso hacia la política
norteamericana, la televisión una cajita que extirpa idolatrías.
Los instrumentos financieros para el despliegue radical y planetario del
sistema capitalista están produciendo el exterminio parcial de
poblaciones, equiparable al que los nazis concentraban en las cámaras
de
gas. Es el resultado invertido de
la lucha de clases. El racismo fue un pretexto para legitimar las conquistas.
A las causales conocidas del delito de genocidio habría que agregarle
el exterminio mediante la explotación económica globalizada
y el consumado con móviles geopolíticos.
El Che va sufrir el destino, común
a una generación argentina, no del todo escondido. La imagen del
guerrillero heroico, ha desplazado la conciencia sobre la similitud entre
su final y el de los miles de civiles opositores de la Dictadura Militar,
combatientes y no, que han sido también fusilados por sus captores.
Los diarios, hoy, recuerdan el asesinato
de Kennedy, pero sólo hablan de la "muerte" del Che. Si bien con
Guevara se ocuparon de exhibir el cadáver a la prensa -temerosos
de que ocurriera lo mismo que en Méjico, donde el pueblo descreyendo
la caída de Emiliano Zapata, siguió luchando-, es innegable
que él es uno de nuestros treinta mil desaparecidos. (Y tan
reticentes estuvieron al principio con la búsqueda de sus restos,
que un antiguo recluso -misteriosamente las autoridades lo dejaron salir
de la cárcel- acuchilló, en medio de la noche, a un chico
del lugar que ayudaba a los
antropólogos a desenterrar.
Y luego la cuestión pareció diluirse.)
El Che, herido, con su arma inutilizada,
fue capturado vivo, se encubrió su apresamiento y se disimuló
el homicidio. Para no contradecir la versión oficial que atribuía
su muerte al combate, sus asesinos, evitando toda herida fulminante, lo
fusilaron disparándole por debajo de la cintura, sometiéndolo
al suplicio de una prolongada agonía, que diera coartada al tiempo
en que estuvo prisionero. Incluso, haciendo sintonía, extrañamente,
con el informe de sus captores,
su muerte se conmemora el ocho de octubre, un día antes de la verdadera.
Ese tiempo infinito y tenebroso
que transcurre entre la detención y el final de la ejecución,
fue transitado por él y por otros miles de argentinos. Cada parte
de pedregullo o gota de río que los condenados recorrieron en su
último trayecto, el relato de cualquiera de esos segundos terminales,
contiene la historia en negro y contemporánea de la Nación
que pugna por ser desocultada.
La palabra sería EPÍTOME:
podríamos imaginarnos un caudaloso inventario, un archivo, un directorio.
Ellos cargan las experiencias personales de todos los habitantes de una
región a lo largo del tiempo. Alguien (un hombre o muchos) expresa
la crisis de una sociedad engañosamente calma hasta entonces. Y
en un momento, la autoridad, cual un demiurgo, decide aniquilar a
los revoltosos. Los borra de la lista de existentes en el ARA del
equilibrio. El Desaparecimiento, entonces, queda connotado como un acto
de
censura, una raya, un límite,
un exceso (decía Videla) deseable de celo en pro de la salud
general.
Aplicando el contemporáneo
utilitarismo, se podría decir que la Autoridad entendió que
el transcurrir de la vida iría sedimentándose por sobre el
agujero provocado en el tejido social y nuevas formas cotidianas habrán
de digerir el genocidio como hace el mar con las pisadas de la playa.
Los ojos futuros, se sabe, acaban por inercia, aceptando la visión
oficial.
En la época previa a la Constitución
Argentina de 1853, integrada por los historiadores dentro del eufemismo
de "Organización Nacional", se llevaba, cuenta Sarmiento, un "Censo
de Opiniones", cuyo interrogatorio las personas debían responder
desde la temprana escuela. Estaba el hábito de pasar a degüello
a los opositores. No era necesariamente una manera de matar, aunque el
método proviniera del trato con las vacas en el campo. Era algo
adicional, como la íntima escritura, la rúbrica personalísima
de aquellas firmas antiguas. La herida trasuntaba, a la vez, la forma de
una tachadura, la orden del Desaparecimiento que se infligía
en el cuerpo que ya estaba muriendo a consecuencia de la violencia.
Los efectos del degüello debían
ser múltiples, perdurables y curiosos: Dibujaba la cara irónica
con que el condenado se presentaba ante Dios. El espanto radicaba en que
empujaba a compartir, figuradamente y en carne propia, la muerte del otro.
Por algún misterio, ese desenlace tenía el efecto retroactivo
del final de las antiguas tragedias. Teñir el sentido de esa vida
pasada que había quedado trunca por obra de la represión.
Luego del tal epílogo,
las acciones vitales del personaje, en su relectura obligada, serán
siempre las peripecias del degollado. Y como resto casi pícaro,
de manera subliminal, se filtraría la idea de la complicidad de
la víctima con su condena: Al observar los hechos desde hoy,
el sentido común nos haría por fuerza deducir la responsabilidad
de la víctima. Pues, si el protagonista hubiese podido evitar (de
haber sido prudente) la consecuencia dañina y no lo hizo, es también
culpable. Cada cual, como se dice, es
arquitecto de su propio destino.
La ambigüedad de la culpa del héroe, trasladada a los tiempos
que corren, es el efecto terminal del degüello. Servirá
de escarmiento a los revoltosos, da base material a la desesperanza y funda
la paz social.
También desmiente la ilusión
tan difundida, del Contrato Social como fundamento último del Sistema.
Por algo la Dictadura Militar se autodenominó "Proceso de Reorganización
Nacional". La nueva reorganización (o ajuste) eliminará
la expectativa (turbia pero equilibrante) de movilidad o ascenso
dentro de la organización social. El concepto de ciudadano será
sustituido por el de consumidor: su posición va a dejar de ser mirada
con relación a un cuerpo ideal y entrañable de derechos,
garantías y obligaciones. Y pasará a existir en función
de un ente: El Mercado (que tiene el aditamento de libre, pero es manipulado
desde las sombras.) La propiedad de las riquezas sufrirá una altísima
concentración y la parte creciente de la población
que, como consecuencia de ella, dejará de consumir, estará
directamente marginada.
II. EL NUEVO TEATRO Y LA ARQUITECTURA
DEL DAÑO
Cuando el polaco Tadeusz Kantor trajo
su teatro a Buenos Aires, se vio el escenario que era una especie de gran
Morgue en donde los muertos deambulaban, repitiendo cíclicamente,
como una obsesión inconclusa, la parte aguda de sus antiguas querulancias
vitales. Habían sido víctimas de la guerra y de otras injusticias
sociales. Por algún motivo, que se desprendía de cierto grotesco
en la indumentaria y de sus dichos, expresaban a la vez, la singularidad
de su ser y el cruce de una multitud de problemas generales.
Se intuía que cada persona
era denominador común de numerosas otras que habían
sufrido injusticias equiparables.
Estaba el ahorcado, preso en una
especie de patíbulo portátil.
Repentinamente la horca se ponía
en funcionamiento, pero en dirección inversa, en lugar de colgarlo,
lo -digamos- desahorcaba, como una película colocada marcha atrás
que repite los hechos en dirección inversa. Cuando el mecanismo
se detiene, el ahorcado comienza su parlamento en polaco.
Conmovedor aun sin entender el idioma.
Y así cada vez, paralizando el espectáculo, que reanudaba
cuando el ahorcado terminaba de hablar y el mecanismo lo volvía
a encerrar, quieto y eterno como un muñeco de cera dentro de ese
ropero semi transparente. Yo presencié el cadáver de
un íntimo amigo, muerto, súbitamente, en el instante preciso
que lograba realizar, transgrediendo, la más secreta ambición
de su vida. No puedo
olvidar que su cara conservaba,
suavemente petrificada, la expresión, intransferible, de diablillo
travieso, propia de su última emoción capturada por
la muerte, que había quedado flameando como testimonio.
¿Quién puede medir
las voces que dejó truncas el genocidio argentino; y la de los fallecidos
por causas socialmente evitables, cómo dimensionar el daño
al espíritu humano?
III. LA ÉPICA DE LOS MISTERIOS
No sería descabellado ubicar
algunas SEÑALES de que está surgiendo una nueva épica
que se encargue de develar esos misterios, y que el revés de tales
visiones caerá en oídos receptivos. Una épica viva,
armada de los rastros del sufrimiento, y la rebeldía
popular. Es, incluso, el desarrollo de un método de conocimiento,
que mediante la detección de los indicios camina hacia la verdad.
En tiempos de suma opresión, los que consiguen expresarse ya son
resistentes, ¿las huellas de su empeño, deberían
por
fuerza a germinar?
La disidencia con que los pobres
veían el mundo en la Edad Media, circuló en almanaques manuscritos.
Cortázar quiso rescatar el género. Hay un cuento que él
redactó en 1950, "La noche boca arriba" que puede, sin perder
un ápice de su unidad, ser interpolado con fragmentos de experiencias
acaecidas veintiséis años después, testificadas en
el nunca más. Lo que agrega otra cuestión al
pensamiento: Si los testimonios del nunca más permiten ser
así injertados en la obra de un autor representativo, escrita veintiséis
años antes de que las atrocidades sucedieran, quiere decir que ellas
estaban -sin magia, como el silencio de una pintura- latiendo
dentro de
nosotros, ya desde entonces. Tal
vez sea ése el "destino sudamericano" del que hablaba
Borges en el Poema Conjetural y la imaginación
del artista sea un medio apto para descifrarlo.
Y quizá esos hechos, que
por efecto de la ignorancia o de un conocimiento esquemático,
creímos sorpresivos o nuevos, no sean otra cosa que
la continuidad de una línea indeleble que viene desde antiguo y
que nos pasaba por debajo de los ojos. E implican la persistencia
de luchas o contradicciones que dejan sus huellas, a la vez que se
van metamorfoseando, según mueran sus actores, varíen
las condiciones materiales y las relaciones sociales. Una línea
que en alguna época, unificaba más artesanalmente los
lazos de sangre, el destino económico familiar, la visión
del mundo y el tipo de existencia concreta.
Hace tiempo, se realizó en
Santiago de Chile un Encuentro Chileno Argentino de Estudios Históricos.
Apareció en él un historiador, Eduardo R. Saguier: barbado,
solitario y erudito, contó, como al pasar, que investigando
expedientes coloniales se topó, quizá, con el tatarabuelo
de Ernesto Guevara involucrado en prácticas de guerrilla rural;
que eran similares a las utilizadas por los revolucionarios de la Sierra
Maestra y teorizadas en los libros del Che. Lo que de manera asombrosa,
ubica las raíces remotas de la práctica del Che en
la historia colonial rioplatense. Y abre preguntas sobre la influencia
de lo dado y lo adquirido. Sus antepasados, eran bandoleros rurales que,
insertados en los conflictos de la época, vinculados por sangre
y parentesco con familias de las clases dominantes, vivían,
sin embargo, refugiados en Traslasierra, Córdoba, junto a los
Cimarrones, esclavos escapados;
eran "los Guebaritas del Tío" que asolaban la región. Aparecen
también mezclados en las luchas de Quiroga y en las Memorias del
General Paz, y se ve que es descendiente de Rodríguez, a quien
pertenece la R de la sigla CLAMOR, armada con los apellidos de los fusilados
junto a Liniers, en Cabeza de Tigre.
IV. TESTIMONIO Y FICCIÓN
Un escritor, especialmente si es
cuentista, no termina de saber lo que escribe. El fotógrafo de Blow
Up (la película que Antonioni realizó a partir de un cuento
de Cortázar), a medida que amplificaba, sucesivamente, porciones
más pequeñas del paisaje en las fotos que
había tomado, iba descubriendo la totalidad de la historia implícita
en la primera imagen global. Y ese conocimiento, por obra de la vigilancia
secreta que el poder victimario ejerce, en todo tiempo, sobre los ciudadanos,
va catapultando al fotógrafo dentro de la tenebrosidad de
la lucha, de la que antes era,
digamos, mero espectador gráfico.
(No se puede dejar de asociar con el caso Cabezas.)
El cuentista hace casi sin querer
un escrito holográfico, que tácitamente incluye en
su textura el conflicto de su entorno social. Y de tal forma
el cuento es indivisible, que la extirpación de una parte, no produciría
la mera sección amputada, sino la totalidad de la situación
pero en miniatura, como un embrión dentro del que se reconoce al
hombre adulto.
La ampliación es tarea del
pensamiento. Quien quiera conocer el revés de la trama, como
un oculista manejando la retícula, deberá acomodar
la cruz que lleva dentro de sí, que le permitiría poner
a foco el instrumento para obtener una visión llamada exacta.
Eso, claro, es la antesala propia
a la política y sus riesgos. Habría, entonces, que incluir
en el género a Rodolfo Walsh. A los relatos latentes detrás
de las confesiones de algunos verdugos militares, que periódicamente
emergen. El Diario del Che en Bolivia, la versión original del diario
de Pombo, el Sancho Panza de Guevara, su lucha guajira por acceder
al castellano ortográfico y a la inteligencia de los hechos en medio
del calor
del combate. Su creencia, no desmentida,
en la invulnerabilidad del Comandante. La actualidad persistente de ese
amor, que lo haría salir ahora mismo, si el Che volviera, para morir
con él.
Las Memorias del Calabozo, los recuerdos
del uruguayo Fernández Huidobro, que, como hijo adoptivo de Felisberto
Hernández, supo ubicar dentro del grotesco, el punto de unión
entre los presos comunes y los políticos: en las mazmorras del régimen,
todos eran crotos hablándole al viento. Mientras, montaban una complejísima
ingeniería de hormigueros interconectados, que dejaba a la cárcel
de Punta Carretas, inexpugnable por fuera y por dentro como
un queso, lista para la fuga, en fila india y gateando, de
ciento once encerrados. La que al final practicarán llevándose
con ellos a varios "presos comunes", convertidos en sufridos revolucionarios
por obra de esa vecindad entre la fascinación y la praxis.
Pasaje que era sólo viable dentro del romanticismo alemán
y que hoy se ve únicamente en las películas (recordar Sueño
de Libertad.)
Rioplatenses, en la extrema
ribera del mundo, ellos serán, a la manera del músico
Clemente Colling, sucios, pobres, genios marginales. E igual que él,
reclaman el récord mundial en la materia. Rodeados al principio
sólo por quienes los quieren de cerca, puede que
el círculo alguna vez se agigante y sus empeñosas pasiones
atraviesen el mundo, después de tanto tiempo bajo la tierra, encerrados
como gnomos laburantes. Y va a resultar que construyeron una muralla
china, pero subterránea y agujereada de pasadizos, que servirán
para que las víctimas y desaparecidos de todos los terrores,
regresen en cualquier momento,
protestando por ahí. Como recuerdos vivos que trepan de pozos
mentales. Y Buenos Aires sería la capital desde donde empezara
la protesta ¿por qué no?, alguien dijo que es la metrópoli
de un imperio que no fue. Después renunciaríamos como San
Martín en Perú o Guevara en La Habana.
Así es la parte argentina
del Che, que guardamos en secreto. El que conociendo su próximo
fusilamiento, frente a la campesina que le acercaba el
plato de lo que estaba siendo su última sopa, quiso asegurarse (como
si pudiera decidir), que sus compañeros en la antesala del patíbulo
hubieran comido antes que él.
Sus recursos materiales de lucha,
desplazamiento y sobrevivencia en la selva, son asimilables a la de los
antiguos caudillos hispano americanos, y recuerdan a las descripciones
de Sarmiento en el Facundo. Preso en la escuelita, discutió
con la maestra un mal acento que encontró en el pizarrón,
para luego morir puteando contra la humillación policial:
como cualquier pibe en nuestros barrios de hoy.
También deberíamos
incluir al Gelman poeta, la carta a su nieta o nieto aún
secuestrado; y el intento inagotable de reconstruir literariamente los
minúsculos episodios finales de la vida de su hijo. El conflicto
indescifrable del hijo que muere en lugar del padre. ¿Qué
se hace con el dolor infinito? "Cómo se ha clavado en mí
a la vez la desgarradura de estos agujeros y la memoria de los males",
decía el Edipo de Sófocles. En esta Épica viva, ¿cuál
debería ser el sitio y la dirección de la ira? ¿Cuán
intrincado es el trecho de la memoria
a la acción?
IV. SOBRE LA POÉTICA DEL
CORAJE CIVIL
El hombre pequeño se convierte
en héroe, porque en situación de peligro, más allá
de su suerte y del propio desvalimiento (o gracias a él), la generosidad
se le impone. En la antesala de aquellos "traslados", lo específico
será la ternura, uno de los modos del coraje civil.
Encapuchado en el fondo del pozo,
el preso dimana ternura en el roce con sus compañeros, en la antesala
del cadalso sus gestos adquieren irremediable belleza, la que será
el mojón de su resistencia póstuma. Es el sentido literal
que Sócrates dará a su último sueño:
la ternura, es la música (la musa) que despide la vida cuando viene,
o se va. ("Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero
cementerio es la memoria" -le escribía Walsh a su hija recientemente
muerta-: "Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te
envidio"). Para hacer justicia, los desaparecidos, todos ellos, deberían
caber en la foto al lado del Che.
Juntos, fueron víctimas propiciatorias
del terror financiero. La represión se hizo sistema: se globaliza,
atraviesa los años y tiene su teoría. El genocidio argentino
fue consumado, en lo grueso, contra jóvenes capturados durante
una etapa temprana de militancia. Parte de pueblo, que estando viva, hubiera
transmitido hoy ideas contestatarias, más allá de la ambigüedad
de sus antiguos errores. Adecuaron la "solución final" nazi al objetivo
de uniformar la conciencia social, en pos del actual modelo socio
económico.
Es el crédito que sus defensores
reclamaban para los comandantes en el juicio a las juntas. La recóndita
razón del indulto. El relleno macabro de la sonrisa presidencial.
V. DE LA PERSISTENCIA DE LA ÉTICA
Una voz se avizora en la literatura,
viene subiendo desde el fondo de los tiempos. Ética deriva de Ethos,
hace a las cualidades ancestrales de la conducta humana y tiene que ver
con la antigua música griega, con el modo de danzar un sentimiento
que emerge de lo más hondo, irrenunciable. Pero su aparición
no está libre de complicaciones. Sus destinatarios podrían
preferir el silencio.
Urgido de expresión, ese
sentir requiere una práctica, prescindiendo de lo útil o
de la posibilidad de consecución de sus fines, lo que se dice la
gracia. Ética era la melodía que conducía a
la compasión y debía aplicarse, decía Aristóteles,
para educar a la juventud.
Hay una relación antigua
entre la lógica interna de los géneros literarios y la encrucijada
de los personajes. Los conflictos de la literatura son metáforas
cambiantes de las luchas históricas. Aunque cierto lugar común
subsiste en el misterio: el héroe es aquel que, respondiendo a una
voz ancestral, transgrede la recomendada prudencia y es inmolado. Su rebeldía
es inocente pero peligrosa. Despierta la simpatía del pueblo que,
sin embargo, lo sabe portador de un riesgo para la salud general.
En la Antígona de Sófocles,
ella está enterada de que su acto -rendir las honras fúnebres
al cadáver insepulto de su hermano, transgrediendo la orden de Creón,
detentador del poder- traerá su condena a muerte. Pero sabe
algo más: el cuerpo está estrictamente vigilado y es
imposible que pueda enterrarlo. Logrará, apenas, rociarle simbólicamente
un pequeño puñado de polvo. Enseguida va a ser apresada.
En lo mejor de su belleza joven, y virgen, le espera la peor de las muertes:
la DESAPARECEN dentro de una cueva hermética, sin víveres.
A último momento, la autoridad
incumpliendo su propio decreto de muerte, prefiere darle ese velado, confuso,
final. Ahí también el dictador quiere evitar ser culpado,
en el futuro, de la aniquilación directa de sus opositores.
Y para lograrlo, en aras de preservar la legitimación
del sistema, debe lavar las manchas impías de su dominación
(al estilo de los narcotraficantes de hoy).
A pesar de todo su poder, el gobernante
no puede asegurarse la complicidad del inmolado. Está la insolencia
de la frágil Antígona frente al interrogatorio. A los llamados
ambivalentes de su hermana, ella responde sin temor ni piedad. Para
renegar de la verdad, la autoridad precisa, entonces, borrar las
huellas de su existencia pasada. Y procura el desaparecimiento del
cuerpo del delito. Extraño recurso éste que exhibe el
ocultamiento: está dirigido
más a instituir el prudente silencio del pueblo espectador,
que a alimentar su credulidad.
("...El peligro amenaza tanto el
patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos
es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En
toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo
conformismo que está a punto de subyugarla... tampoco los muertos
estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este
enemigo no ha cesado de vencer", había dicho Walter Benjamin
antes de caer él, preso de la impotencia y también su tumba
ha desaparecido: figura bajo una falsa lápida, ignorada en un cementerio
de Port-Bou, la frontera que no pudo terminar de traspasar, en su huída
jadeante de los nazis cruzando los Pirineos. Él era cardíaco
e hizo más tortuoso el pasaje a pie a través de la montaña
por el empeño en llevar consigo un pesado portafolios negro.
"Comprenda usted -le dijo
a la guía que lo ayudaba a escapar- este portafolios es para mí
la cosa más importante. No puedo arriesgarme a perderlo. Es el manuscrito
el que debe salvarse. Es más importante que yo."
En un momento de la ascensión,
Benjamin estaba exhausto, se ahogaba, le fallaba el corazón, lo
arrastraban los otros fugitivos, él no se quejaba, únicamente
vigilaba todo el tiempo de reojo su oscuro equipaje. Pasaron por
un pozo, el agua era una especie de lodo verde, Benjamin se arrodilló
para beber. "¡Oiga usted! -le dijeron- estamos por llegar... es impensable
beber ese lodo. Podría darle tifus..." Él era un extraño
hombrecillo y contestó: "Es cierto, Señora, podría,
pero moriría sólo después de cruzar la frontera. La
Gestapo no me atraparía y el manuscrito estaría a salvo.
Discúlpeme". Y bebió.
Por una orden de último momento no los dejaron entrar a España.
Sintiendo que era inminente su entrega a los nazis por los franquistas,
se mató con la morfina que llevaba escondida, luego de preparar
en el tiempo de agonía, la coartada sobre la base de la cual sus
compañeros deberían salvar el manuscrito. Alguien lo quemó
por miedo a la policía o duerme aún olvidado en un
desván. Y de ese modo fue que la humanidad perdió La Obra
de los Pasajes. Benjamin había invertido en ella, meticulosamente,
desde el inicio de su vida de escritor, los espacios que pudo
escamotearle al resto de su tiempo útil. Estaba destinada a ser
la más hermosa y
trascendente obra de Estética
del Siglo XX. Se supo cuando los colegas hallaron sus archivos con ilustraciones
diseminados en diversos sitios y por la investigación de Susan Buck-Mors
aquí citada.)
La recuperación de los restos
de las víctimas del poder del Estado es el derecho elemental de
las personas a la identidad, que se ejerce mediante la memoria. Que, a
su vez, es la garante del origen legítimo del gobierno y evalúa
si se degradó. Ella posibilita el rechazo a la opresión.
La memoria es el último bastión de resistencia contra la
esclavitud que un pueblo puede permitirse perder.
Por eso, ya Lucano, poeta de Roma,
opositor de César, emperador del mundo, necesitó recobrar
la epopeya. Hasta entonces era mística y se ocupaba bella y solamente
de la relación de los señores con sus dioses. Trataba a sus
historias como reminiscencias de un inmenso acontecimiento remoto,
cosmológico y omnipresente. Él la convirtió en poesía
que narraba el pasado reciente.
Aunque la innovación hubiera
sido una transformación originaria del género, el concepto
dominante es el de recobrar: el deseo de conocer y el de recordar
la identidad, hacen a la libertad del ser humano. Son tan necesarios
-y dignos- como saciar el hambre. La apropiación que a ello conduzca,
será una recuperación. Del mismo modo, la lucha del pueblo
contra la explotación es la consecuencia práctica de la recuperación
de un
recuerdo. El cual, mudo y
esclavo, perduró marcado en los cuerpos a nombre de los distintos
señores que se hicieron dueños del hambre.
Cuando reflexiona ante los restos
de quien amó, uno recuerda lo que hubiera sido de haber podido ser.
Está haciendo así una profecía invertida, y de esa
natural manera la mente permite dimensionar la pérdida
y seguir viviendo.
Recorrer el camino que va -como
decía Faulkner- desde la nada a la pena.
Formar parte del tiempo que todos
miden y nadie define.
Era la lucha de Lucano. En el pasaje
en que cuenta el asombro de Julio César durante su visita al sitio
donde había estado la sojuzgada y luego destruida ciudad de Troya,
le hace exclamar: "etiam periere ruinae", aun murieron los restos.
La palabra "aun" en castellano se refiere, según el acento
ortográfico, a lo que está incluido y a lo que todavía
perdura. La palabra "restos", casi mágica, es la única
que enuncia de por sí, la ambigua materialidad del tiempo: nombra
a lo que queda y lo que falta.
VI. EL CANTO DE LOS JÓVENES
NUESTROS
Hoy es domingo de sol, se acerca
el diez de diciembre, aniversario que hará pensar en derechos humanos.
Temprano a la mañana, el silencio de la ciudad deja oír algunos
pájaros, envuelto en cierta somnolencia cumplo la rutina de retirar
el diario, calentar el agua, hay un librito azul que recoge versos de jóvenes
muertos en cautiverio.
Desde cualquier página, detrás
de una foto de carné, la desaparecida Alcira Fidalgo me pregunta:
"¿Que harás ahora? Ahora que las manos/ se han quedado
vacías/ que los ojos se secan/ y el corazón es
una fruta amarga./ Ahora que toda la tristeza/ no alcanza
para hablarte./ Alcira ¿Qué harás ahora?"
.
BIBLIOGRAFÍA
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